2. ASPECTOS CULTURALES E HISTORICOS.

Bibliografía consultada:
ABELLA, I., 1996. La magia de los árboles. Integral. Barcelona, 280pp.
FUENTES SANCHEZ, C., 1994. La encina en el centro y suroeste de España (su aprovechamiento y el de su entorno). Junta de Castilla y León, Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio. Castilla y León, 238pp.
MANDERSCHEID BAUER, E., 1980. Los montes de España en la Historia. Servicio de Publicaciones Agrarias. Madrid, 610pp.
MORO, R., 1995. Guía de los árboles de España. Ediciones Omega. Barcelona, 407pp.
YAÑEZ SOLANA, M., 1996. Los celtas. DM. 192pp.

Desde que nuestro país tiene historia y hasta casi los albores de la Edad Moderna estaba cubierto por un casi impenetrable bosque que estaba dominado por encinas, pero donde también había lugar para los alcornoques, los quejigos y otros robles, bajo estos árboles crecían también jaras, lentiscos, retamas, madroños, labiérnagos, cantuesos, etc., conjunto al que se le denomina bosque mediterráneo.

A lo largo de la Historia, la encina jugó un destacado papel en la economía del hombre mediterráneo, que la utilizó de las más variadas formas y para los usos más diversos. Sin embargo, aún siendo ésto de tanta importancia es quizá más relevante el papel que ejerció fuera de los terrenos de lo puramente material y que contribuyó a la configuración y desarrollo de muchas costumbres y tradiciones así como a la evolución de creencias muy arraigadas (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

No pocas ciudades fueron fundadas allí donde existían grandes árboles de encina para auspiciarse la fortuna (MORO, R., 1995).

Esta influencia tiene como punto de partida tiempos muy remotos, hundiendo sus raices en esa época oscura en la que Europa se hallaba cubierta por extensísimos y frondosos bosques que provocaron en los humanos profundos sentimientos de temor e indefensión, de soledad y miedo ante sus amenazantes espesuras. Estos sentimientos les llevaron a situar en ellos espíritus y dioses, a reverenciar a los árboles, a adorarlos y, en suma, a convertir a los bosques en verdaderos santuarios naturales: los bosques sagrados (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

La encina fue, junto con el roble, árbol sagrado en la Península ibérica, al igual que en el resto del mundo mediterráneo. Recibió culto entre los celtíberos, que, como otros pueblos pastoriles, rechazaban los grandes templos, llenos de estatuas, propios de las sociedades agrícolas (ROSA MARIA GERMAN, 1996). Los celtas totemizaron a la encina, llamaron a ésta Kaërquez, lo que significa árbol hermoso, palabra que hoy bajo la acepción latina de Quercus da nombre científico a este mítico árbol. La acepción ilex proviene de ilicis, ilicina, alcina, encina (MORO, R., 1995). Entre los celtas existían los druidas (sacerdotes celtas, grandes sabios de los árboles) cuyo nombre proviene del término dryadas, que significa sacerdote de las encinas, estos danzaban alrededor de las encinas, en sus rituales. En la tradición celta si un enfermo era pasado por las hendiduras de la corteza curaría, y para defenderse de cualquier mal, los celtas colgaban en sus ramas algunas de sus ropas (YAÑEZ SOLANA, M., 1996).

Debieron ser abundantes en nuestro país los encinares sagrados, aunque son muy escasas las noticias que sobre ellos poseemos. A través de Marcial (S.I) conocemos la existencia de uno de estos encinares en el monte "Burado", lugar de confusa identificación y otro que estaba situado a los pies de la Sierra del Moncayo, muy cercano al pueblo de Beratón y próximo al de Cueva de Agreda, los dos en Soria. El lugar se encuentra relacionado con algunos mitos y leyendas (Caco, los siete Infantes de Lara) quizá producto de la sacralidad del lugar (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

Estos bosques sagrados estaban fuertemente protegidos y la rigidez de su culto debió ser notable a juzgar por las noticias que nos han llegado de fuera de nuestras fronteras. Recientemente, se ha podido comprobar que esa rigidez hay que hacerla extensiva a nuestra Península, ya que según las comunicaciones presentadas en el XXV Simposio de la Sociedad de Lingüistica, celebrado en Zaragoza el pasado mas de diciembre, el primer bronce encontrado en Contrebia Belaisca (Botorrita), en el año 1970, es una ley que hace referencia a un bosque sagrado, un encinar, y que establece toda una serie de prohibiciones, normas y castigos para su protección, indicando también que se encuentra vigilado (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

Símbolo de justicia y fuerza, la encina ocupó también un destacado lugar en las creencias del mundo clásico. Los aqueos, que constituían la más antigua de las familias griegas, celebraban, según el testimonio de Tito Livio, bajo una encina sagrada sus reuniones comunales en las que se tomaban las decisiones más importes (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

La encina era considerada como árbol feliz y divino, los griegos la habían dedicado a diversas divinidades (MORO, R., 1995). Estos árboles formaban también parte del conjunto de ritos y creencias que los griegos utilizaban para obtener el conocimiento de lo divino y de lo humano. En Dodona, Épiro, al pie del monte Tmaros, se encontraba el más antiguo de todos los santuarios dedicados al dios Zeus, en él se practicaba la adivinación interpretando el murmullo que el viento producía en las hojas de una gran encina sagrada que estaba situada en el recinto del santuario. No menos célebre que el de Dodona fue el santuario de Zeus en Ammón (Egipto) donde se practicaba la misma suerte de adivinación.

Los romanos consagraron la encina a Júpiter, pues la consideraban símbolo de la constancia y la fidelidad.

Caius Plinius (23 a 79 d. C.) que estuvo en España desempeñando el cargo de procurador de la Citerior, relata en su “Naturalis historia”: la bellota figura entre los postres, y tostada entre ceniza es más dulce (MANDERSCHEID BAUER, E., 1980).

Hace 2.000 años ya hablaba Estrabón de este recurso entre los hispanos (ABELLA, I., 1996): “En las tres cuartas partes del año, los montañeses no se nutren sino de bellotas, que secas y trituradas se muelen para hacer pan, el cual puede guardarse durante mucho tiempo”.

En la obra más importante sobre la agricultura y los montes de la España musulmana, el “libro de Agricultura”, del sevillano Abu-Zacaría, conocido también con el nombre de Ebu-El-Awam. De la encina, dice: hay de varias clases: de bellota larga y corta, dulce y amarga, la cual es montesina, que ni cría en los prados (o valles) ni en los márgenes de los grandes ríos. El plantío... se hará por febrero, y de las altas laderas le convienen los lugares fríos y la tierra gruesa y fuerte, estercolada con boñiga mezclada con polvo. La tierra a propósito para la encina es la fuerte, sin humedad, como la de montañas y la arenisca. También lo es la bermeja que, permaneciendo dura después de las lluvias, se asemeja a la escoria del hierro.

Por otro lado, escribe: La encina es un árbol silvestre que nace de suyo en montes entre piedras y en terrenos duros y no duros... y se hace más corpulenta en tierra donde hay agua. Es interesante su descripción de la encina con bellota dulce, con la que se puede hacer pan añadiendo al fruto del Quercus ilex una tercera parte de castañas y algo de levadura de harina de trigo, añade que hay que quitar la cáscara de las bellotas y castañas, poniéndolas a remojo en agua caliente para evitar el sabor amargo. Y, aunque primero asegura que sale “un pan muy bueno”, después admite que puede causar trastornos estomacales y del hígado y que se suele comer únicamente en tiempos calamitosos (MANDERSCHEID BAUER, E., 1980).

Lo que en el campo de la literatura significa Cervantes, lo es Gabriel Alonso Herrera en los de agricultura y montes. Alonso Herrera nació en Talavera de la Reina entre 1470 y 1480, murió después de 1539. En relación con la selvicultura se preocupa mucho de la falta de repoblación de los montes y da consejos para la cría del arbolado, sea por vía natural o artificial, teniendo en cuenta la ecología respectiva. En sus capítulos sobre encinas dice: Son árboles que no necesitan de mucho cuidado y labor y también la mayor parte nacen por sí. Mas en España es la gente de poco cuidado, que por la mayor parte no se saben aprovechar sino de lo que naturalmente se nace, y si comienzan a cortar un encinar para leña no saben entrecriar unos árboles nuevos entre tanto que gastan lo viejo y cuando hubieren gastado lo uno tendrán lo otro ya crecido. No sé si lo hace alguna mala constelación que tenemos los españoles, o poco cuidado de lo venidero. Las encinas quieren más aires calientes que otros y en los templados se hacen bien, aunque no tan grandes. Quieren cualquier tierra, aunque mejores son tierras sueltas o areniscas que barrizales o tierras gruesas o de barbado o de su fruto. Las bellotas para poner han de ser cogidas gordas de buen sabor, dulces, y si se ponen para transponer, más espesas, si... en tierra bien arada, como quien siembra trigo. La madera de ella es muy recia para hacer arcos de carretas, cuñas, tarugos o clavos. Cuando son viejas tienen la madera muy hermosa, que parece pintada de gusanillos y no tiene otra tacha sino ser pesada (MANDERSCHEID BAUER, E., 1980).

Fray Miguel Agustín que vivió durante el siglo XVII escribió en su obra “Libro de los Secretos de Agricultura, Casa de Campo y Pastoril”: en tiempos de hambre y esterilidad se puede hacer pan con encina y castañas (MANDERSCHEID BAUER, E., 1980).

El poeta Antonio Machado cantó su poesía tan honda y fina “Las Encinas”, cuya primera estrofa dice:

Encinares castellanos
en laderas y altozanos
serrijones y colinas
llenos de oscura maleza,
encinas, pardas encinas,
humildad y fortaleza.

Como el poeta lo indica, simboliza este árbol el carácter del pueblo español (MANDERSCHEID BAUER, E., 1980).

Miguel de Unamuno (FUENTES SANCHEZ, C., 1994), canta también a la encina en la poesía:

¡Y si vieras
qué brazos
los de su raigambre
que hunde
sus miles dedos
bajo tierra!
Unos brazos
que agarran la tierra,
con sus ramas altas
agarran el cielo.

Numerosos vestigios de este culto al árbol se encuentran escondidos en las raices más profundas de nuestras costumbres y tradiciones, de nuestro folklore popular, nuestras fiestas e incluso en algunas de nuestras creencias. Podemos vislusbrarlos en tradiciones relacionadas con la Navidad, "Toza de Nadal", "Babassa" o "Nadau Tidún", según los lugares, celebración familiar consistente en quemar en las casas la noche de Navidad un tronco de encina al que se "bendice" o "bautiza" derramando sobre él vino tres veces. Esta costumbre o tradición, hoy prácticamente perdida era común hasta no hace mucho tiempo en el Alto Aragón y Cataluña, e incluía la creencia muy arraigada de que los restos del árbol y sus cenizas protegían a la casa de las tormentas, a los campos de las plagas y que tenían la propiedad de sanar enfermedades (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

Otro tipo de fiestas, esta vez relacionadas con las primavera, son las denominadas "Arbol de Mayo" o simplemente "Mayo", comunes a toda España y a una gran parte de Europa, consistentes en colocar en el lugar preferente del pueblo, generalmente la plaza, un gran árbol denominado "mayo" el primer día de ese mes y al que se engalana y festeja. En la misma línea se encuentra la tradicional fiesta de las "Enramadas" elaboradas con ramas de pino y carrasca y también extendidas por todo el país (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

Y como no, muchas de las tradiciones y supersticiones relacionadas con la "Noche de San Juan", noche mágica del solsticio de verano. Entre ellas señalaremos la creencia popular, practicada hasta no hace tanto tiempo, de que los niños herniados podían sanar si a las doce en punto de esa noche eran pasados por una encina hendida o cuyo tronco estuviese bifurcado en dos, mientras se repetía un determinado ritual. El árbol podía ser también un roble o una higuera, en definitiva el más abundante en el lugar (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

Una curiosa costumbre, existente antaño en Aragón, y que recuerda a la de la antigua Grecia era la de celebrar las reuniones más importantes bajo las carrascas. Según R.Villader, Cuadernos Altoaragoneses, se elegía para este fin la que fuese más grande entre las situadas en la mitad del camino que separaba los lugares de residencia de los que se iban a reunir (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

Allí se hablaban los asuntos más decisivos: tratos comerciales, asuntos de tierras, bodas ... Si el asunto era de gran trascendencia se celebraba bajo la más famosa de la comarca e incluso del reino. En 1873, bajo la carrasca más grande de Aragón en ese momento, la "carrasca de las Coronas" se proclamó en el Somontano la 1ª Republica (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

Es evidente que todas estas tradiciones y costumbres, muchas ya perdidas, tuvieron en su más remoto origen la intención de atraer hacia quienes las practicaban la benevolencia que el espíritu del árbol pudiese otorgar, posteriormente, al ser cristianizadas, fue olvidada su finalidad inicial (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

De igual manera, también pueden rastrearse algunos vestigios del culto al árbol en algunas leyendas de tipo hagiográfico y en bastantes apariciones de imágenes de la Virgen ocurridas a partir del siglo XIII, época de pleno avance de la Reconquista. En ese momento son numerosas las imágenes aparecidas sobre árboles, secularmente sagrados, sobre todo en encinas o carrascas. Enumerarlas todas, haría la lista harto fatigosa, pero por poner algunos ejemplos citaremos la Virgen de Encina de Ponferrada (León) y la de Valvanera en La Rioja, la Virgen de Herrera en Herrera de los Navarros y la de Bordón en el Maestrazgo (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

Es tradición común a todas estas apariciones de imágenes sobre árboles, que cuando quisieron ser trasladadas a otro lugar volvieron al punto de origen milagrosamente, generalmente tres veces, o como en el caso de la Virgen de Bordón a los que la transportaban se les "regiraban" los pies, por estos motivos las imágenes fueron dejadas en el lugar de su aparición, donde se construyó una ermita o un convento al que se sigue acudiendo en romería (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

Estas leyendas-tradiciones ponen de manifiesto la gran importancia que tenía el lugar, lo que ha llevado a pensar que se trata de la cristianización de lugares de cultos precristianos que bien pueden tratarse de encinares sagrados, cuya memoria ha borrado el tiempo (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

Hundiendo sus raíces asímismo en antiguas creencias y mitos se encuentra la medicina popular, que se sirvío de la encina desde tiempo inmemorial para sanar algunas enfermedades. Sus propiedades medicinales se las confiere el ácido cuercitánico, que convierte los preparados con ella elaborados (corteza, raíces, flores, bellotas) en excelentes astringentes de múltiples aplicaciones: heridas, llagas, diarreas, sabañones, catarros ... Con las agallas de este árbol se preparaba además, una pomada en la que eran el principal ingrediente, llamada "pomada de la condesa" de finalidad muy poco loable (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

Importante es también la huella que la encina ha dejado en la toponimia peninsular, nombre tales como Encinarejo, Encinares, Encinillas, Lecina, Encinacorba o Encinasola, a los que se unen Carrascal, Carrascalitos, etc..., se encuentran a todo lo largo y ancho de nuestra geografía y dieron apellido a personas procedentes de esos lugares. Estos topónimos son el callado testimonio de su abundancia en otros tiempos (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

Como muestra de antigüedad, existen en nuestro país ejemplares magníficos en Cantabria, siendo el más destacado “La Encinona” situada en Anaz, en el ayuntamiento de Medio Cudeyo. Tiene 5.90 metros de perímetro en la parte más estrecha del tronco, en su base junto al suelo mide 10 metros y la envergadura de la copa casi llega a los 40 metros. Hay varias encinas en Cantabria que quizás alcancen los mil años (MORO, R., 1995).

También ejemplares notables por su tamaño y longevidad, la encina de Lecina, que da nombre al pueblo, o la de Rebollar, en la provincia de Huesca, la "carrasca de Miramón" en el término municipal de Sigües, en la provincia de Zaragoza y la "carrasca de Casa Inserte" en el término municipal de Mora de Rubielos, en Teruel. Cerca de Peracense, también en Teruel, existe una encina a la que las gentes del lugar atribuyen 1300 años, probablemente es la carrasca más monumental de todo Aragón (ROSA MARIA GERMAN, 1996).

Otras encinas monumentales son la de Culla (Castellón), la de las tres patas en Mendaza (Navarra), la de Mas de borbó en L´Aleixar (Tarragona) (MORO, R., 1995).

En la región de Cataluña existe también el ejemplar gigante de Palau de Plegamans, con el tronco de más de 4 metros de circunferencia. Es un hecho curioso que algunas veces se han dado audiciones de sardanas, dispersos los músicos por el ramaje, mientras el pueblo bailaba la típica danza alrededor del tronco (MORO, R., 1995).

En Alcoy (Alicante) existe también un ejemplo de estas catedrales naturales, situada en una masía a las afueras de la ciudad, esta encina centenaria, es de una belleza abrumadora y posee todas las características para nombrarla abuela vegetal de la ciudad.

Durante siglos la encina ha supuesto un magnífico ejemplo de relación armónica entre la naturaleza y su aprovechamiento por el hombre, y en los períodos de crisis fue sustento básico, significando en algunos casos la supervivencia de muchas familias.

La encina es uno de nuestros árboles más longevos y hermosos, que ha presenciado e influenciado a muchas culturas, por lo tanto esta frondosa debe tratarse y cuidarse como una reliquia arqueológica y cultural.

La encina es la Diosa y Reina Vegetal de España, su adaptación, su belleza, su nobleza y su incansable verdor dan fe de ello.


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