4.2. Suelos.
Bibliografía consultada:
FUENTES SANCHEZ, C., 1994. La encina en el centro y suroeste de España (su
aprovechamiento y el de su entorno). Junta de Castilla y León, Consejería de Medio
Ambiente y Ordenación del Territorio. Castilla y León, 238pp.
MESON, M. Y MONTOYA OLIVER, J.M. 1993. Selvicultura Mediterránea. Ed.
Mundi-Prensa. Madrid, 368pp.
MONTOYA OLIVER, J.M., 1993. Encinas y encinares. Ed. Mundi-Prensa. Madrid,
131pp.
MORO, R., 1995. Guía de los árboles de España. Ediciones Omega.
Barcelona, 407pp.
El hábitat idóneo de la encina, se sitúa preferentemente sobre suelos llanos y en pendiente, sueltos y ligeros, permeables, de mala calidad, no adecuados para los cultivos agrícolas y praderas, en los cuales alcanza el máximo desarrollo y fructificación (FUENTES SANCHEZ, C., 1994).
Sobre suelos arcillosos o en barros pesados apenas fructifica, debido al alto contenido de coloides que impiden la penetración del aire necesario para el desarrollo y normal extensión de las raíces (FUENTES SANCHEZ, C., 1994).
El vigor de la encina y su desarrollo aéreo, dependen de la buena textura y profundidad del suelo en el que se desarrolla su sistema radicular (FUENTES SANCHEZ, C., 1994).
La encina no teme colonizar los ambientes más hostiles, es capaz de adaptarse a los suelos rocosos y pedregosos (MONTOYA OLIVER, J.M., 1993), basta una grieta con algo de tierra para que el tenaz árbol inicie su larga vida, estos árboles alpinistas nos dan un testimonio de vitalidad.
La encina por tanto no presenta preferencia en cuanto a suelos, simplemente en unos va mejor que en otros, se adapta a terrenos secos o algo frescos, pero presenta limitaciones en suelos encharcables, salinos o muy yesosos y de escaso volumen útil (de 400 a 600 litros de tierra fina, accesible por las raíces, por metro cuadrado de suelo es el mínimo exigible para la encina) (MONTOYA OLIVER, J.M., 1993), tolerando mal los margosos (MESON, M. Y MONTOYA OLIVER, J.M. 1993).
En suelos de escaso volumen útil la encina es capaz de sobrevivir, pero no le es posible alcanzar grandes dimensiones, quedando reducida la masa a un puro carrascal, especialmente cuando el suelo ha sido disminuido de su volumen útil a causa de la erosión (MONTOYA OLIVER, J.M., 1993).
La encina es poco exigente en cuanto a la naturaleza mineralógica del suelo, pues vegeta en los suelos pobres y de mala calidad, los sueltos y arenosos, los graníticos o cuarcíticos y los calizos (MORO, R., 1995).
En general el encinar se clasifica en relación a la acidez del suelo. Los suelos básicos son los más ricos en nutrientes y los ácidos son los más pobres, aunque el óptimo para el encinar es el intermedio (MONTOYA OLIVER, J.M., 1993).
La encina es un árbol que trabaja de forma neutral, descalcificando los suelos calizos y enriqueciendo los suelos ácidos (MONTOYA OLIVER, J.M., 1993).
Es destacable su valor protector de los suelos y no sólo por su mejora, sino también por su protección del suelo ante las grandes lluvias y por su sombra protectora de la estructura superficial (MONTOYA OLIVER, J.M., 1993).
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