4.8. Incendios.
Bibliografía consultada:
ABELLA, I., 1996. La magia de los árboles. Integral. Barcelona, 280pp.
BLANCO, E. Y CIARAN, A., 1994. Identificación y clasificación de los
árboles del género Quercus. Revista Quercus, tomo 1. Madrid, págs. 305-310.
MESON, M. Y MONTOYA OLIVER, J.M. 1993. Selvicultura Mediterránea. Ed.
Mundi-Prensa. Madrid, 368pp.
La encina es muy resistente a los incendios, pues aunque aparentemente destruida, su capacidad de rebrotar de cepa y de raíz permite a ésta persistir en zonas repetidamente quemadas (MESON, M. Y MONTOYA OLIVER, J.M. 1993).
Tras el incendio, que en las épocas de mayor sequía arrasa este bosque con enorme facilidad, aparentemente todo rastro de vida desaparece (ABELLA, I., 1996).
Cuando los encinares son destruidos por incendios o por otras razones, ocupan sus lugares formaciones arbústivas de matorrales perennifolios. Por su capacidad de sobrevivir y producir brotes de cepa y raíz suele ser una cubierta difícil de erradicar (BLANCO, E. Y CIARAN, A., 1994). Los más adaptados (jaras, madroños, pinos, coscojas) se ven beneficiados por este aclareo: unos, por su facultad de rebrotar y otros por la adaptación al fuego de sus semillas, y todos ellos, por la ausencia de las encinas, que impedían su proliferación (ABELLA, I., 1996).
Cuando ocurre sobre suelos frescos y silíceos se forma el maquí, de aspecto impenetrable y de altura superior a veces a la de una persona (BLANCO, E. Y CIARAN, A., 1994).
Por otra parte, cuando sucede en lugares más secos, sobre sustratos calizos, aparece la garriga, que presenta un aspecto abierto de matorrales bajos (BLANCO, E. Y CIARAN, A., 1994).
Estos arbustos preparan con su sombra y abrigo las condiciones para el nacimiento y desarrollo de las nuevas plántulas de encina. Si las condiciones del suelo no han degenerado excesivamente, al cabo de medio siglo, las encinas empiezan a recuperarse visiblemente y poblarse el territorio con la antigua fauna y flora, y medio siglo más tarde puede verse ya un encinar magnífico, suponiendo que no haya sufrido un nuevo incendio o una tala devastadora (ABELLA, I., 1996).
Esto supone, en la escala temporal humana, una larga convalecencia, pero de mayor importancia serán los daños en los enclaves más delicados que ocupa este árbol: pendientes con la roca madre casi a flor de suelo, desfiladeros y cumbres de una sequedad extrema, tanto atmosférica como edáfica. Aquí, el fuego puede cambiar las condiciones hasta el punto de convertirse la tierra en irrecuperable para la encina (ABELLA, I., 1996).
En cualquier caso coscoja, madroño, pino, boj, breza, jara... son algunos de los candidatos más comunes para ocupar su lugar (ABELLA, I., 1996).
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